martes 27 de abril de 2010

Breve historia del cáncer en España

En 1902, cuando el gobierno recibió y difundió a una encuesta alemana acerca de la incidencia del cáncer en nuestro país, nadie sabía gran cosa del asunto. Hacia 1920 empezó a funcionar el novedoso Instituto del Cáncer, en la Ciudad Universitaria. Nueve años después, Severino Aznar todavía llamaba al cáncer “enfermedad de los ricos” –las enfermedades de los pobres, además de la desnutrición, eran el paludismo, el tracoma y el cólera. Recién inaugurado, el Instituto fue aniquilado por la artillería facciosa, en noviembre de 1936, y quedó convertido en un irreconocible montón de escombros justo en tierra de nadie, entre las líneas nacionalistas y las republicanas. A mediados de la década de 1960, ni siquiera existía la especialidad de oncología en los estudios médicos españoles.

Los progresos fueron rápidos desde entonces. Inexorablemente, el cáncer escaló puestos como causa de muerte. A comienzos de 2009 llegó el triunfo final: según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), uno de cada tres hombres y una de cada cuatro mujeres españolas serán diagnosticados con cáncer a lo largo de su vida. Para conseguir tal diágnostico, no se repara en gastos. Todas las mujeres de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, reciben una carta anual en la que se les pide que se hagan una mamografía de control. Los varones de más de 50 años son alentados a hacerse colonoscopias con regularidad, así como test de cáncer de próstata. La teoría es que las revisiones frecuentes ayudan a detectar los cánceres en estado inicial, con lo que aumentan las posibilidades de curación.

Así que todos nos hacemos las correspondientes revisiones periódicas, y si tenemos suerte salimos de la consulta con diagnóstico negativo (es decir, por esta vez no tenemos cáncer) y con una sensación de alivio enorme. Entonces creemos que ha llegado el momento de prevenir la enfermedad. Es decir, de llevar una dieta sana, hacer ejercicio físico, comer brócoli, tomar menos alimentos procesados, beber leche –aunque algunos piensan que por el contrario, produce cáncer–, no comer carne roja, comer pescado, tomar vitaminas, tomar alimentos que previenen el cáncer, no fumar, no beber alcohol, “mantener una actitud positiva ante la vida” (dicho así).

Nadie nos explica, sin embargo, como podemos prevenir el cáncer si vivimos en una ciudad cuyo aire está cargado de sustancias cáncerígenas, o si comemos una comida que está cargada de residuos de pesticidas cancerígenos (y envasada en plásticos con componentes cancerígenos). Mientras tanto, proliferan las clínicas especializadas en el tratamiento del cáncer, se abren hospitales y centros de investigación y los bancos crean productos financieros especializados para cancerosos: el tratamiento en la clínica privada les va a costar un ojo de la cara.

A todo esto, los médicos más honrados no dudan en admitir que la ciencia no tiene apenas idea de como curar el cáncer. Lo que funciona en ratas no funciona en humanos. El tratamiento estándar (aparte de la cirugía) consiste en golpear el cuerpo de un ser humano con tanta dureza a base de un cóctel de radiaciones y productos químicos agresivos, que cabe la esperanza de que también el cáncer resulte dañado junto con el cuerpo de su portador. La esperanza de vida de los cancerosos aumenta poco a poco, se anuncia triunfalmente. Pero está creciendo la terrible sospecha de que eso no es debido simplemente a la mejora de los tratamientos. Las revisiones masivas en busca de cánceres funcionan tan bien que detectan a muchas personas que podrían vivir una vida larga y feliz con su tumor particular, que nunca crecerá hasta el punto de poner en peligro su vida. Esas personas, una vez diganosticadas, pasarán por el calvario completo del tratamiento, y nunca sabrán qué habría pasado si no se hubieran hecho la revisión.

El cáncer se ha convertido en la gran epidemia de nuestro tiempo. Está creciendo demasiado velozmente para ser un simple subproducto del envejecimiento. Asociarlo a “malos hábitos de vida” no explica su proliferación, aunque contribuye a culpabilizar al individuo y a exculpar a los poderes públicos. El cáncer, además de en nuestro sedentarismo, tabaquismo o alcoholismo, está en el aire que no podemos dejar de respirar y en las cosas que no podemos dejar de comer. No basta con tomar nuestras raciones de frutas y verduras (aunque tengan “dosis seguras” de plaguicidas) ni con dejar de fumar (basta con caminar por una calle llena de tráfico para llenar los pulmones de benceno).

Las recomendaciones oficiales suelen decir que llevar un estilo de vida ultra saludable reduce aproximadamente a la mitad la posibilidad de enfermar de cáncer. Eso es como si le dijera a los creyentes que, llevando una vida completamente virtuosa, tienen no obstante grandes probabilidades de terminar en el infierno. En realidad, los estilos de vida saludables no terminan de dar un perfil claro en este asunto. Hay una lógica relación entre llevar una vida sana y la salud, pero eso no funciona tan bien con el cáncer, donde el factor ambiental es muy poderoso. Sencillamente, hay toda clase de sustancias extrañas ahí fuera, y nuestro cuerpo no las reconoce ni sabe que hacer con ellas. La mayoría se han inventado y puesto a la venta en los últimos 50 años, o han comenzado a ser vertidas masivamente al medio ambiente a partir de esa fecha. Más o menos cuando comenzó la gran epidemia. Ahora tenemos dos opciones: construir más clínicas especializadas, o bien ponernos en serio a desintoxicar nuestra comida y el aire que respiramos.