Puede que haya otras derechas, pero la variante masoquista es la que más se hace notar. Esta derecha disfruta humillándose y despreciándose a sí misma. Un ejemplo entre millares. Hace poco un ilustre catedrático emérito de economía, un hombre de más de ochenta años de edad que ha sido funcionario toda su vida, publicó un artículo donde definía los grandes problemas de España: el envejecimiento de la población, la creciente abundancia de jubilados y pensionistas, y la falta de espíritu empresarial: en este país todos quieren ser funcionarios.
El líder del partido derechista, en lugar de sentirse orgulloso de su profesión de registrador de la propiedad con plaza fija en Santa Pola (Alicante), intenta ocultarla y alaba en público el espíritu aventurero de los emprendedores. La derecha cree en el mito del emprendedor creador de riqueza y de empleo, valeroso inventor y organizador, amante del riesgo y en general elegante y triunfador, y abomina del funcionario poltrón y del vago que vive del subsidio y la subvención.
Por desgracia, nada más alejado del funcionamiento real de la derecha que esta imagen heroica. Sus empresarios son generalmente ricos por su casa, y continúan la tradición familiar. Y hay un alto porcentaje de funcionarios en excedencia entre sus políticos profesionales. El presidente del partido es funcionario del cuerpo de Inspectores de Hacienda del Estado. Caso único son los famosos catedráticos neoliberales por oposición. Son firmes partidarios de la reducción del gasto público (es decir, de sus sueldos, puesto que son funcionarios del Estado) y de hacer sacrificios (es decir, están dispuestos y gustosos a trabajar más horas por menos sueldo). Son un caso único en la historia de la relaciones laborales: trabajadores que se plantan ante su jefe (el Estado) y le dicen: jefe, ¿le importaría bajarme el sueldo y añadir unas cuantas horas a mi jornada laboral?. Altruismo puro.
La derecha también ridiculiza el aire puro y los alimentos sin pesticidas: repetidas veces han dicho sus portavoces que la contaminación atmosférica no es ninguna amenaza para la salud pública y que los alimentos producidos por la agricultura ecológica son peores que los producidos por la agricultura convencional. Quiere decirse que para ellos los óxidos de nitrógeno son un perfume vivificante, y los restos de lindano en una coliflor un condimento más. Lo extraño es que la clase política derechista tiene verdadera pasión por productos autóctonos y caros 100% naturales y sin nada de química, como el jamón de jabugo o las verduras de un huerto recóndito adonde todavía no ha llegado la civilización –eso es al menos lo que jura el maestresala del restaurante frecuentado por derechistas.
Con carácter más general, la derecha reniega de la paz (se burlan de ella con frecuencia, y llaman peyorativamente al deseo de fraternidad humana "buenismo"). Es evidente que prefieren la guerra, es decir, les gusta ver sus casas saltando por los aires y sus hijos destripados por un bombardeo. Otras conquistas de la civilización no merecen más que el desprecio de la derecha: los derechos de los trabajadores (es evidente que a ellos les gusta ser explotados y humillados en el tajo), los sindicatos (parece ser que les gusta que cada uno se las apañe como pueda), y tienen serias dudas sobre la sanidad pública universal o la educación pública para todo el mundo.
En el mundo necio que nos proponen, basado en generar valor (es decir, ganar dinero como sea), no hay lugar para bibliotecas públicas o material escolar gratuito. O mejor dicho sí lo hay, pero basado en la generosidad de los que más tienen (vía Responsabilidad Social Corporativa, por ejemplo, nombre actual de las antiguas Juntas de Damas de Beneficencia). Lo que no habrá es espacio para vagos. Walt Whitman, el "magnífico holgazán", no tendría cabida en esta moderna y deprimente cultura del esfuerzo financiero.